Los viernes las clases (que en el ISEDET eran vespertinas) terminaban alrededor de las 21:15 hs y la biblioteca en el ISEDET cerraba a las 21:00 hs.
La voz de “alarma“ (“¡se quema la biblioteca!“) debe haberse dado en la madrugada del sábado a eso de las 4:00 hs. Poco antes una compañera estudiante, bajando por las escaleras del internado femenino, vio reflejo de llamas en la sala de lectura (a través de la doble-puerta vidriada de acceso a la misma). Fue esa casualidad – la que sumada al festejo de fin de cursos de mi generación ´76 en el apartamento que compartía con mi esposa en el edificio viejo – evitó que la biblioteca (y buena parte del ISEDET mismo) fuera destruida por un atentado perpetrado por “los servicios“ (de la dictadura militar de Jorge Rafael Videla).
En el subsuelo del ISEDET (edificio “nuevo“ – del que parte del subsuelo, planta baja y 2 pisos más albergaban la Biblioteca) se encuentra el “Aula magna“. Allí se solían realizar encuentros abiertos al público. En tiempos de la dictadura, algunos organizados por la APDH y también el MEDH – (el enlace con la APDH lo hacía el entonces el estudiante de la IEMA Pablo Andiñach). Para ese sábado 20 de setiembre de 1980 estaba previsto realizar un encuentro en el Aula Magna con jóvenes de la APDH.
El atentado incendiario al ISEDET (iniciado en su Biblioteca) se hizo desde adentro, por personas ajenas a la casa. Pueden haber ingresado desde la calle Camacuá, sorteando el portón-reja de la entrada lateral para vehículos. Desde allí pueden haber ingresado forzando una de las ventanas laterales (altas) de la sala de lectura de la biblioteca. Pero también pudo haber sido por la puerta del edificio nuevo que da al jardín (y que no se solía cerrar con llave a la noche). Sea del modo que fuera, ingresaron a la sala de lectura colocando allí focos ígneos (de inicio retardado).
Ese mismo viernes, luego de la última clase del curso con el que mi generación 1976 terminaba sus cinco años de estudio, nos reunimos en nuestro apartamentito varios/as compañeros/as de curso. Festejando con una damajuana de tinto y empanadas recuerdo a Nestor Rostán, Ariel Charbonnier, Darío Michelin-Salomón, Silvia Ramírez, Delcio Källsten. Entre copa y copa se había hecho la madrugada del sábado.
En eso por el pasillo hasta nuestro apto. y al grito de: “¡se quema la biblioteca!, ¡se quema la biblioteca!“ llega la compañera Sofía Dahlmann. Nuestro apto. (en el 2° piso, sobre el ala del comedor del ISEDET) tenía ventanas- tipo lucarda hacia el patio/jardín interno del ISEDET. Miramos por allí y vimos los reflejos del fuego a través de las ventanas bajas del ala de la biblioteca que daba a este patio-jardín interno.
De inmediato salimos corriendo hacía abajo por las escaleras. Ya cargando yo un balde con agua, en el que teníamos ropa remojando (los/as otros/as compañeros en el recorrido sacaban y llevaban matafuegos). Al llegar a planta baja vimos por el pasillo que conduce del edificio principal a la la sala de lectura, que adentro había fuego. El piso era de parquet de roble, las mesas y sillas eran de roble macizo, también eran de madera los revisteros y anaqueles contra las paredes. Era de esperar, que cobrando temperatura el fuego en esa sala llena de madera rápidamente desde allí se iba a generar un incendio de proporciones mayores.
Mi esposa Cecilia (a diferencia de quienes corrimos directamente a la biblioteca) salió a la calle para enseguida dar alerta directa al cuartel de bomberos, que está a pocas cuadras del ISEDET (en dirección a la calle Floresta) por la Avda. Ramón Falcón.
A “culatazos“ con un matafuegos rompimos los vidrios de la puerta de acceso a la biblioteca, que rápidamente pudimos abrir de par en par. Allí, desde la entrada mismo, eché un primer baldazo sobre uno de los revisteros de madera (tipo caballete) que ardía como pira… El baldazo redujo las llamaradas por un instante, que rápidamente se recuperaron volviendo a crecer. Los matafuegos de poco servían, pues el calor de las altísimas llamas en los distintos revisteros no dejaba acercarse a una distancia efectiva para reducirlas con el chorro.
Sí funcionaban los baldazos de agua a distancia sobre revisteros, anaqueles, sillas y mesas. Había muchísimo humo en la sala de lectura y se hacía difícil respirar. Al amparo de baldazos de agua, algunos entramos para subir las cortinas (de enrollar) de las ventanas que daban a Camacuá (los vidrios por el calor ya estaban rotos y caídos). Recuerdo que David Kiefer al tocar uno de los pestillos de bronce para abrir el marco de la ventana se quemó la mano en el metal recalentado. Una vez abiertas las cortinas de enrollar (con los vidrios rotos y en parte caídos), entraba aire atizando las llamas; pero a su vez por la salida del humo se podía entrar más profundo a la sala.
Con la cadena de baldes, que se llenaban en una canilla exterior en el jardín (a la altura del pasillo corredor que une el edificio antiguo con el edificio nuevo), a apenas unos 15 metros de la puerta de ingreso a la biblioteca, se pudo ir mojando el piso y apagando los focos en la sala de lectura. A su vez por el alboroto llegaban más estudiantes, con más baldes y palanganas (también se las llenaba con agua de los baños). Fue con esa cadena de gente que se pudo lograr un control de las llamas e ir apagando ese foco inicial de incendio en la sala de lectura. Ayudó la casualidad de haberse detectado el fuego a poco de iniciado. En los ´70 muchos estudiantes vivíamos en el internado del ISEDET, tanto en el edificio nuevo (femenino) como en el edificio viejo (masculino). Lamentablemente, a nuestro fotógrafo (el estudiante-visitante de Alemania, Frank Dieter Leich) nadie lo fue a llamar ni se despertó por el alboroto. Es por eso que no existen registros fotográficos de aquella noche del atentado.
Quienes estábamos peleando a baldazos de agua contra las llamaradas, alternadamente también lográbamos sacar de la sala algunas colecciones de libros de consulta valiosos que no queríamos mojar (yo me encargué de sacar la Weimarer Ausgabe – con las obras de Lutero, un compañero metodista sacó las obras de John Wesley) – otros/as sacaban sillas para dar más espacio y reducir la propagación de focos difíciles de alcanzar con baldazos de agua. A medida que mancomunadamente pudimos ir apagando las llamas, todo fue quedando a oscuras, pues la electricidad había sido cortada.
En no más de unos 30 minutos -las alrededor de 30 personas activas allí- apagamos el fuego en la sala de lectura, logrando evitar que se diseminara y subiera por las escaleras internas de la biblioteca a los pisos-depósito superiores (donde estaba el grueso de los libros en anaqueles de metal ; las colecciones de revistas especializadas estaban en el subsuelo).
De los bomberos (Cecilia había regresado enseguida, diciendo que ya estarían por llegar) durante esa primera media hora no hubo ni rastro. Recién aparecieron una vez controlado el fuego por nosotros/as, estudiantes (del internado). A su vez, apenas llegados los bomberos, también apareció policía de la seccional cercana haciéndose cargo del “control“ de personas que ingresaban o salían (y eso por varios días más…).
A mi modo de ver es evidente que “los servicios“ de seguridad de la dictadura para ese viernes de tarde y noche habían declarado al ISEDET “zona liberada“ (ello explica el “retraso“ de los bomberos, que habían sido avisados inmediatamente; también que apenas controlado el fuego, de pronto todo se llenara además de policía y civiles). La reunión de la rama juvenil de la APDH – programada para el día siguiente, sábado, obviamente no se pudo hacer. Las personas que llegaban para asistir, al ver las dimensiones del “cordón de control“ se volvían a alejar.
Que la biblioteca del ISEDET (y el edificio nuevo) no terminaran en un incendio de proporciones, sólo se evitó porque casi de inmediato alguien del internado femenino (que había bajado en dirección a la puerta de entrada en Camacuá 282) dio voz de alerta a nuestro grupo, que ya entrada la madrugada del sábado alegremente seguía festejando fin de cursos en un apartamento del edificio antiguo. Que cuatro décadas atrás se salvara la valiosa biblioteca (y los edificios del ISEDET) fue posible por convivir allí gran parte del estudiantado ecuménico en un mismo edificio de estudios e internado. Sin el internado y la rápida acción de los estudiantes en el lugar, la biblioteca del ISEDET se hubiera quemado esa madrugada (junto a parte del edificio nuevo), quedando el material mojado por la acción premeditadamente (demasiado) tardía de los bomberos. Sabían que se debía retardar cualquier acción cuanto fuera posible, para que el fuego cobrara magnitud.
Ese viernes el ISEDET había sido marcado como “zona liberada“ (término técnico de la dictadura para ese tipo de acciones comando). Las investigaciones técnicas de los bomberos (y la policía) terminaron confirmando que el incendio había sido intencional, aunque sugiriendo que muy probablemente lo hubiera iniciado algún estudiante, para no tener que rendir las pruebas y exámenes finales.
Alejandro Zorzin
Doctor en Teología, Profesor de Historia de la Iglesia, destacado especialista en la historia de Reforma. Fue alumno y profesor del ISEDET. Actualmente se desempeña como uno de los responsables de la edición crítica de las obras del reformador Andreas Karlstadt, en el marco de la Universidad de Gotinga, en Alemania.